La actriz

En el afán cinematográfico de nuestro siglo posmoderno, mientras reflexionaba acerca del séptimo arte, he caído en cuenta sobre lo siguiente: la muerte es una actriz sin igual.

El César y su Roma la llamaban Morta la parca, y a ella se entregaban cuando la espada impregnaba su marca.
Odín, el Gran Padre de los guerreros vikingos, los recibía tras la batalla que no les dejaba llegar al domingo.
Cuando en el país de Faraón ya no había lluvias ni arcoíris, de lejos se oía el llamado de Osiris.
La muerte; una sensual actriz, una voluptuosa intérprete.
No es una mona, pero vaya que se viste de seda.

Ella ha incurrido en variados géneros a lo largo de su sofisticada y controversial labor hollywoodiense. Su filmografía es muy diversa, para algunos la muerte hace el papel del que ofrece oportunidad de éxito financiero, de riquezas desbordantes. Tal como la familia Corleone (El Padrino), que su dinero dispone. Para otros, su rol consiste en dar vida a la autoridad que concede el tan anhelado poder que, así como el niño que sale del vientre materno, nace de la sensación de vacuidad. Todos en algún momento somos un Jordan Belford (El lobo de Wall Street), “en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales”, como dijo alguna vez Tomás de Aquino sobre la avaricia. Soberbia, ira, envidia, no importa cuál sea el pecado capital, la actriz encarna toda forma que identifique seductora en la debilidad humana.

En mi caso particular, ella posa desnuda frente a la cámara, se despoja de todas sus prendas y presume de sus miembros sin vergüenza alguna. Danza su hipnotizante baile. ¡Qué lejos está el fraile!

Si yo fuera Aquiles en el relato de Homero, el cuerpo de la actriz sería aquella saeta de París atravesando mi talón.

¿Quién lo diría? Tan inocentes al inicio, tan culpables al final.

Una cosa en común tienen todas las películas en las que ella actuó, que todas las tramas devienen en tragedia griega. Todos sus filmes poseen un desenlace fatal, un infeliz final. Es el iceberg de un crucero partido en dos en el Atlántico Norte, de todo destino ella es la mortal consorte.

En el principio ya existía la lascivia,
La lascivia estaba con mi voluntad
Y la lascivia era mi voluntad.
En el principio, la lascivia estaba con mi voluntad.
Por la lascivia fueron hechas todas las cosas.
Sin la lascivia nada fue hecho de lo que ha sido hecho.
En la lascivia estaba el placer,
Y el placer era el propósito de la humanidad.
El propósito resplandece en la sociedad,
Y la sociedad no prevaleció contra ella.

Doña Lujuria con su mirada hechiza, con su zig zag atrapa y los corazones así cautiva.

Por mucho tiempo me entregué a su hedónica oferta como un amante, esclavizado por aquellas sensaciones únicamente aptas en la clandestinidad errante. Pensando en ella, compañera des-estresante, diversión vibrante. No tuve opción, en ese momento la actriz brillaba como un diamante; era el deseo de todo atlante y yo su fiel admirador observante. Ella fascinaba los sentidos en calidad excitante, cumplía tu pedido así fuera un restaurante.

Pero siempre dejaba un espacio en el corazón vacante, pues con todo la felicidad de mí se mantenía distante. Su entretenimiento apenas duraba un instante, por lo que mi humor entre consuelo y pena era cambiante. De pronto la situación se volvió asfixiante, el neón de las imágenes con su estilo rimbombante, perdieron su esencia triunfante, notaba que me volví un ser repugnante, un aficionado de identidad disonante, totalmente vacilante. Confundido por tanta carnal distracción embriagante.

Después de todo, el oficio del encanto tiene por objetivo final ser el elemento dominante. La vida dejó de pintar elegante, a un dibujo sin colores semejante. Las vocales de mi nombre carecían de sus consonantes. Solo quería ser un elefante, volver a disfrutar de los detalles básicos como lo hace el infante. Tarde me di cuenta de que ella era una farsante, que cambiaba la piel como un reptil mutante, que no me estaba regalando pastillas calmantes, más bien era de mi lenta muerte la causante. Recién ahora puedo notar que se parece más a un nigromante.

No obstante, intenté agarrar de mi vida el volante, aunque ya era un problema gigante, y cada vez perdiendo más la capacidad castellanohablante, vi un haz de luz muy muy radiante. Fue cuando vi al Director de arte con presencia de autoridad abundante. Él desplazó a la actriz del centro de la escena itinerante, apenas con un movimiento del dedo índice de su refinado guante. Dirigiéndose a mí con un parlante, y tal como un maestro se expresa con su estudiante, emitió para mí un mensaje bien picante: “Resistan al diablo, y el huirá de ustedes. Acérquense a mí, y yo me acercaré a ustedes” (Santiago 4:7).

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