Dios y la violencia en el Antiguo Testamento

Batalla contra los Amalecitas (Ex. 17) Nicolas Poussin 1625

Las preguntas que guardan relación con la faceta violenta de Dios en el Antiguo Testamento son de índole ética y emocional. Con mucha frecuencia cristianos se ven confrontados con un Dios que llama al amor pero al mismo tiempo parece manifestar activamente rostros violentos a lo largo de la historia con su pueblo. ¿Qué nos dice la Biblia al respecto? En un breve análisis de la así llamada ley del Jerem (la ley de la consagración por anatema) se puede observar que había ciertas razones específicas en cuanto al uso de la violencia propagado por Dios como la de no contaminarse con las influencias ideológicas e idólatras de los pueblos vecinos.

También es posible apreciar cierta reflexión teológico-histórica en los relatos hebreos que testifican de la evolución del concepto de Dios que tuvo el pueblo Israel. La base de la relación teo-política que guardó el pueblo de Israel con Yahvé tiene sus raíces en la experiencia del éxodo que servirá más en adelante (después de la caída de Jerusalén) como base para la esperanza mesiánica.

Introducción

Una de las imágenes probablemente más chocantes para un creyente cristiano hoy en día es la de un Dios violento y guerrero. ¿Por qué Dios causará la muerte cruel de todo un ejército Egipcio en el A.T.? O ¿por qué Dios destruirá todo un planeta con un diluvio? ¿Por qué Dios, si es un Dios soberano, necesita ejercer la violencia (a través de Israel) para alcanzar sus objetivos?

Son muchas las escenas que vienen a la mente del ser humano que se plantea la imagen de un Dios violento. Sin lugar a duda, pensará en el daño y el dolor que han causado personas en el nombre de su Dios. Un ejemplo reciente nos da el atentado del 11/09/2001 en donde la idea de un Dios que llama a la guerra impactó y conmovió al mundo. ¿Debe entenderse la faceta violenta de Dios que nos ofrece el Antiguo Testamento de una manera tan escalofriante?

Al confrontarse con la temática, la Teología se plantea la pregunta si el creyente puede tener una imagen cruel de Dios, la apologética trata de averiguar cómo es posible conciliar esa faceta de Dios con la filosofía de amor que propaga la Biblia, por sobre todo en el Nuevo Testamento. La política discierne la aprobación del uso de la violencia para mantener el orden social y los pastores se ven desafiados con la idea de predicar esa faceta de Dios al no tener bien en claro cómo encarar la cuestión.

El debate no ha sido poco relevante en las filas de la iglesia católica en sus primeros tiempos ni en las de las iglesias protestantes hasta hoy en día. Desde Marción, la idea que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios diferente al Padre del Cristo que aparece en el Nuevo Testamento bajo el nombre de Jesús. Entre otros argumentos, Marción señala las diferencias en la naturaleza del Dios hebreo y el del Nuevo Testamento.

El uso de la violencia social, llegó a ocupar un espacio fundamental en los escritos proféticos. No así sin embargo el asunto de la violencia en relación con las guerras que por lo visto no cobró suficiente importancia moral (dentro del pueblo hebreo) como para que se tematice en porciones de los escritos sagrados del A.T. La matanza y la violencia contra pueblos vecinos parece ser un tema moral de poca importancia. Y así se encuentran varios pasajes (ej: Num. 31, 14-18; Deut. 18, 9-13) en donde Dios mismo ordena y promueve la matanza de pueblos enteros, hombres, mujeres, niños, animales, etc.

Pareciera ser que no le resultaba extraño al hebreo verle a su Dios como un dios de guerra. Es más, se puede observar en los salmos que los poetas tenían una imagen guerrera muy clara de Dios y demandaban de él que intervenga con violencia contra sus enemigos.

En el intento de justificar los escritos violentos de los judíos contra otros pueblos, algunos autores argumentan (como Muchlinsky) que era práctica común hacer las guerras en el nombre de Dios, para así expandir su nombre. Viéndolo de esta perspectiva parece ser un asunto más político que religioso. Pero ¿es eso todo? ¿O será que Dios verdaderamente promovió la violencia y su aplicación en la guerra contra los pueblos vecinos de Israel? Porque no se puede negar (como veremos más en adelante) que pueblo hebreo, semi-nómada, antes de la dinastía davídica, no tuvo intensiones ambiciosas por la expansión de su territorio ni mucho menos la de convertir a los demás pueblos a su Dios.

La problemática que trae esta tema consigo lo expresa Magirius cuando afirma que la violencia relacionada con Dios (en el A.T.) sea probablemente lo que motive al creyente hoy en día a buscar refugio exclusivamente en la lectura del Nuevo Testamento en donde no se ve expuesto a la contradicción conceptual de su Dios amoroso que promueve la violencia.

Para pintar brevemente la dinámica ampliamente observada entre cristianos del siglo XXI basta mencionar que la mayoría halla incoherencia en un Dios amoroso que permite la maldad, el pecado y las abominaciones pero halla la misma incoherencia al confrontarse con el Dios del Antiguo Testamento que sí intervino a frenar el mal y actuó al respecto. Es un tema poco fácil de encarar e imposible que no choque contra uno de los extremos morales en los que la misma pregunta; ¿cómo es posible que eso sea un Dios amoroso? sea respondida satisfactoriamente.

1. Concepto de violencia en el Antiguo Testamento

Conquista de Jericó (Josué 6)

La violencia religiosa del Antiguo Testamento no ha de confundirse con la que se presenta en los grupos radical-extremistas del Islam u otras religiones en la actualidad. Mientras que las guerras contemporáneas bajo el nombre del Dios de una religión se originan en una profunda intolerancia ideológica, las del antiguo Mesopotamia si no iban acompañadas por factores ético-sociales o geográficos no había razón suficiente para la violencia política.

La cuestión de la violencia es un tema de índole ética y práctica y es por ende una realidad que acompaña no solamente las naciones del siglo presente sino también a la historia de la nación elegida por Dios mismo en tiempos antiguos, a Israel.

Desde los comienzos del Antiguo Testamento queda en claro que el origen de la violencia es la desobediencia. Cuando Adán y Eva pecaron contra Dios, se engendró el pecado y la maldad que no solamente llevaron al ser humano a actuar de una manera cruel sino a Dios a tomar medidas humanamente violentas para la regularización del orden en su creación. Esa premisa queda en pie durante todo el Antiguo Testamento y se expresará en su forma máxima con los profetas que llamaron a la obediencia y sumisión a Dios para evitar el castigo. Así mismo el castigo de Dios a las demás naciones aparece como fruto de su inmoralidad y sus acciones abominables ante Dios que expresan su desobediencia hacia la ley de Dios. Peor le acontecerá sin embargo a Israel cuando éste, teniendo la ley del Señor, actúa con más desobediencia que sus pueblos vecinos que no tiene la ley de Yahvé.

Cuando el Antiguo Testamento habla de Yahvé como un Dios de ejércitos, ¿a qué se refiere? En las intenciones del AT parece no estar la de presentar un Dios de guerra o de ejércitos en un sentido militar, sino la de presentar a un Dios soberano y justo. La referencia de Dios como Dios de ejércitos (Zebaot) no se refiere a un Dios de militantes humanos, sino a un Dios de poder y autoridad indiscutible que reina sobre todo en absoluto. Y cuando habla de Dios como Juez, no es la figura condenadora sino la figura que restaura la justicia y al que clama por la misma (ej. Sal. 7,9). No hay en el Antiguo Testamento la expresión «Dios de violencia», pero sí la de un Dios de Gloria (Sal. 29,3), Dios fiel (Dtn. 32,4; Is. 65,16) o Dios de justicia (Is. 10,18).

No existe la imagen de un Dios de violencia, con excepción en la expresión «Dios de la venganza» (Sal. 58), aunque ésta, como afirman algunos autores (como Janowski), se debe a una traducción errada de la palabra hebrea que más que venganza busca expresar la justicia o la restauración de la misma. En ese sentido el salmista no acude a un Dios que se complace con la sentencia del que practica el mal, sino busca la confrontación justa del que practica el mal con su consecuencia.

El Antiguo Testamento presenta un panorama amplio en cuanto al uso de violencia. En ello se encuentran facetas sexuales (Gen. 37; Jue. 19; 2 Sam. 13), sociales (1 Reyes 21; 2 Sam. 11,4-7; Mi. 2,1-11), guerreras (Gen. 12; Dt; Jos; Am. 1,3-; 6-9), políticas (2 Re. 10,1-14), sacrificiales (Lev. 1-7), creacionales en representaciones mitológicas (Is. 27,1; 51,9; Sal. 74,13; 89,10) que son vencidas por Dios. Además de eso hay mucha referencia a formas de violencia no-física como la codicia, rivalidad, palabras deshonestas o mal intencionadas (Gen. 4,1; 1 Sam. 18,5-16) que envenenan la comunidad.

1.1 La violencia como atributo de Yahvé

Antes de exponer algunas imágenes que nos ofrece el Antiguo Testamento en cuanto a la naturaelza violenta de Dios cabe resaltar que la idea de una deidad violenta no es nada único y propio del monoteísmo hebreo para los tiempos del antiguo mesopotamia. Es más, Yahvé es el único Dios de entre las deidades del antiguo mesopotamia que lleva como atributos la gracia y el juicio. El monoteísmo hebreo no se lleva solamente el crédito de atribuirle a su Dios virtudes de amor y perdón, sino también la naturaleza de un Dios cercano. Mientra las demás naciones eran deístas[1], el pueblo hebreo era teísta[2].

Si se habla de términos que el Antiguo Testamento usa para expresar de alguna u otra manera un atributo de Dios, es necesario tener en cuenta el antropomorfismo que es de amplio uso en toda la escritura bíblica. La antropomorfía consiste en la realidad que el hombre piensa de Dios y se imagina a Dios desde el hombre. El lector del Antiguo Testamento se encuentra con una riqueza de imágenes literarias de Dios que buscan describir una realidad a veces muy abstracta y metafísica.

De una de esas expresiones habla Preuss en su libro Teología del Antiguo Testamento cuando escribe sobre el término miljamab. Un término usado por Moisés en su cántico (Éxodo 15,2-18) a Yahvé que es varón de guerra (՛îs miljamáb) y echó en el mar los carros de Faraón y su ejército, liberando así al pueblo de Israel. Con este término en el AT se hace referencia a luchadores especialmente notables y a soldados en general.

El Antiguo Testamento frecuentemente llama a Yahvé valiente (guibbôr) (Is. 9,5; 10,21), valiente en la batalla (Sal. 24,8), valiente que devuelve a su pueble desde el exilio a su casa (Is. 42,13; Sal. 78,65), etc. Presenta un Dios valiente y si éste no presta su ayuda se pregunta cómo es posible un valiente sin ayuda (Jr. 14,8) o en el caso de Job en donde este valiente Dios aparece como enemigo (Job 6,4; 16,14).

A Yahvé se le muestra como un Dios guerrero no solo en el paso del mar (Ex. 14,6.13.20.24), sino también en batallas contra los amalecitas (Ex. 17,8-16) y otras situaciones. Aunque no se halla en el Antiguo Testamento la expresión de una guerra santa, sí se encuentra la de la guerra de Yahvé (Nm. 21,14; 1 Sam. 18,17; 25,28).

Si bien son imágenes chocantes para el creyente de hoy en día, el Dios del Antiguo Testamento que interviene activamente en contra de la iniquidad de los hombres injustos representaba un consuelo para el pueblo de Dios que clamaba por justicia y libertad. Para el hebreo, Yahvé, en su faceta violenta era el Dios justo que obraba a favor de su pueblo (Sal. 9:4; Jer. 11:20). Por ello la justicia llega a ser un concepto relacionado con la salvación (Is. 45:21; Sal. 36:6; Is. 61:10).

Otras imágenes que usa el Antiguo Testamento para describirle a Dios son; el fuego que suele referirse al juicio o a castigos; el viento destructor (Sal. 50:3), la tormenta, el rayo y el trueno, terremoto, espada y ángel exterminador, etc. Es posible apreciar en el texto de Isaías 30:27-33 una serie de esas expresiones.

«Mirad: el Señor en persona viene de lejos, arde su cólera con espesa humareda; sus labios están llenos de furor, su lengua es fuego devorador; su aliento es torrente desbordado que alcanza hasta el cuello: para cribar a los pueblos con criba de exterminio… El Señor hará oír la majestad de su voz, mostrará su brazo que descarga con ira furiosa y llama devoradora, con tormenta y aguacero y pedrisco. A la voz del Señor se acobarda Asirla, golpeada con la vara… Que está preparada hace tiempo en Tofet… una pira con leña abundante: y el soplo del Señor, como torrente de azufre, le prenderá fuego»

Es posible observar que Yahvé no cuenta solamente con el atributo de ser un Dios de guerra, sino que él mismo es el único que actúa en la misma (Ex. 14,4.14.18; Dt. 1,30; Jos. 10,14) y procede o acompaña al ejercito israelita que sale a luchar (Dt. 20,4; Jos. 3,11). Por ello constantemente se le exhorta al pueblo Israel a no tener miedo sino fe (Ex. 14,13; Dt. 20,3; Jos. 8,1; 10,8.25; 11,6). En las palabras de Wellhausen, el campo de batalla, la cuna de la nación fue el santuario más antiguo, porque ahí estaba Israel y ahí estaba Yahvé.

El lenguaje militar relacionado con Dios en el Antiguo Testamento es un lenguaje defensivo más que ofensivo aunque en su naturaleza a veces parece evidenciar un rostro proactivo que no es de omitir. Para el pueblo de Dios, Yahvé era justamente esa realidad, una protección, un castillo fuerte.

«Dios es nuestro amparo y fortaleza. Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida. Y se traspasen los montes al corazón del mar; Aunque bramen y se turben sus aguas. Y tiemblen los montes a causa de su braveza. Selah. Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, El santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana. Bramaron las naciones, titubearon los reinos; Dio él su voz, se derritió la tierra. Jehová de los ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob. Selah. Venid, ved las obras de Jehová que ha puesto asolamientos en la tierra. Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra. Que quiebra el arco, corta la lanza, y quema los carros en el fuego. Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra. Jehová de los ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob. Selah.»

Salmos 46

Antes que hubiera rey en Israel, Dios mismo peleaba a favor de su pueblo y por eso frecuentemente se encuentran expresiones que afirman que Dios entregó un pueblo en las manos del otro. No solamente eso, en la costumbre de Israel estuvo el consagrar al anatema al pueblo conquistado. Esa consagración se expresaba en la matanza de todos los seres vivientes de dicho lugar, una vez derrotada en la batalla. Es posible observar que no era solamente Israel que tenía esa costumbre, sino también otros pueblos (2 Reyes 19,11; IS. 37,11; 1 Cr. 4,41; 2 Cr. 20,23; 32,14). Esa costumbre de la consagración por anatema se expresa en la así llamada ley del Jerem que analizaremos en el siguiente punto.

1.2 La ley del Jerem

La costumbre medio oriental de la consagración por anatema responde a la ley del Jerem en el Antiguo Testamento que, según Israel, consistía en una manera de instaurar orden en un mundo caótico. Jerem como sustantivo aparece 29 veces en el Antiguo Testamento y como verbo se usa 49 veces. Ninguna vez no aparece en los salmos.  Es posible observar que la exigencia de Yahveh en cuanto a la consagración al anatema se fundamentaba en que los pueblos conquistados podían atraer a los israelitas a la idolatría, adorando a sus dioses. Además de eso, dado que Dios era el que daba la victoria, le pertenecía todo el botín.

Aunque es posible que el Jerem haya sido justificada teológicamente por el Deuteronomio, la conquista y matanza no tuvo nunca como finalidad la expansión de la fe, ni por fuerza ni por persuasión. Parecen ser guerras de defensa necesaria contra la contaminación de la idolatría y no de expansión ambiciosa. La ley del Jerem era muy santa y no podía ser quebrantada. Lo seria que era y debía de tomarse se puede observar en Josué cap. 7, en donde un Israelita, llamado Acán, en la expedición contra Ay toma como botín algo de oro y es entregado al fuego y junto con él toda su familia y sus posesiones.

En su Comentario del contexto cultural de la Biblia John Walton afirma que la práctica de quemarlo todo después de una derrota contiene un elemento de santidad, y que la mejor manera de entender el concepto de Jerem, sea probablemente la de pensar en el concepto de la radiación. Una bomba nuclear destruiría muchas cosas y aún más cosas irradiaría. Se esperaba de los israelitas que se conduzcan de una manera cautelosa, aborreciendo lo que está bajo anatema, de la misma manera en la que el ser humano hoy en día lo haría con lo que ha sido irradiado.

Aunque el concepto de Jerem y su mención aparece más en el libro de Josué, el capítulo 20 de Deuteronomio cobra tanta importancia porque es la formulación legal. Esa constitución legal de la ley del Jerem resaltaba que Dios mismo pelearía a favor de su pueblo (Dt. 20,1). Reglamentaba que Israel debía ofrecerle paz a las naciones lejanas, si esas aceptaran, serían convertidas en tributarios, si no, la ciudad debía ser tomada y consagrada al anatema (Dt. 20,10-14). Si se trataba de las ciudades de Canaán, Israel no debería ofrecerles la paz, sino directamente consagrarlas por antema y eso sin condiciones (Dt. 20,15-18). El peligro de la contaminación religiosa radicaba más en los pueblos cercanos por lo cual no se los tenía tanta misericordia.

El Deuteronomio ofrece, en cuando al porqué de las guerras del exterminio, una justificación teológica. Esa justificación se halla en que el pueblo hebreo debía estar libre del contagio por la idolatría de sus pueblos vecinos, en especial manera del de los cananeos.

Los autores de la Biblia fueron hijos de su tiempo, de su cultura y de su cosmovisión. Es necesario reconocerlo y tenerlo presente a la hora de enfrontarse con el concepto del Jerem en el Antiguo Testamento. Las narraciones de un Dios que actúa de manera violenta pueden parecer inapropiadas y difíciles de reconciliar con el Dios que se pretende conocer hoy en día, pero son hechos que a los autores en su época no les parecían contradictorios a la imagen de Dios que tenían. El Jerem se encuentra dentro de la auto-revelación progresiva de Dios y revela atributos como; su santidad en su defensa por la vida de su creación; su justicia en su imparcialidad al escoger a Israel, una nación sin nada de especial (Dt. 7,7-9) con la constante advertencia de juzgarlos si se desviaran hacia los caminos de sus vecinos (Lev. 18,26-29) y; su paciencia al darle a las naciones mucho tiempo para arrepentirse (Gen. 15,16).

Según algunos autores (como Matthew Henry) se ven en la constitución y reglamentación del Jerem, rostros de la gracia de Dios con los pecadores. Exige a su pueblo la propuesta pacífica para con las demás naciones (menos Canaán) ante toda conquista. Aunque Dios aborreció sus actos no se deleitó en su destrucción sino buscó primeramente la paz y la reconciliación.

Cunliffe-Jones resume el mensaje de Deuteronomio cuando afirma que la enseñanza del mismo libro y específicamente del pasaje de Dt. 20,16-18 está orientada hacia una generosa preocupación por el bienestar del ser humano, siempre permaneciendo sin embargo en el deseo de guardar íntegra la devoción al único Dios verdadero.

La violencia de Israel para con sus pueblos vecinos han de entenderse desde los propósitos finales de Dios con su pueblo. Si éstos hubiesen sido más amigables con sus enemigos, probablemente hubieran sido errados por ellos o contaminados por completos con su idolatría. Aunque la violencia según el Nuevo Testamento para los días contemporáneos no parece ser la manera de defenderse de la influencia del mal, el principio de la erradicación absoluta de toda raíz maligna en la vida del creyente demuestra su lealtad para con Cristo.

            1.2.1 Dios y la violencia hacia los enemigos de Israel

Éxodo de los Israelitas de Egipto

Como ya mencionado al comienzo del artículo, Éxodo 15,2-18 nos ofrece la primera ocasión que le atribuye a Yahvé la cualidad de ser varón de guerra (՛îs miljamáb). Es importante, para el entendimiento del concepto hebreo de Dios como guerrero, tener en cuenta este pasaje que establece la base para un Dios que pelea a favor de su pueblo sin que el pueblo mismo tenga que involucrarse activamente en un combate. Esa base se evidenciará posteriormente en la esperanza mesiánica como se verá más en adelante en el punto 1.2.2.

La diferencia entre Dios actuando a favor de Israel en las guerras y los dioses de otras naciones que intervienen en las batalles de sus pueblos, afirma Millard Lind, no es el hecho que Dios es un Dios histórico pues así lo eran los dioses de los otros pueblos para ellos también. Es más la forma en la que Yahvé interviene en la historia para el rescate de su pueblo lo que marca la diferencia.

Es la misma base que establece una relación teo-política entre Israel y Yahvé. Una relación de obediencia y confianza que garantizaba seguridad y protección. Esa base más en adelante se verá afectada con la petición del pueblo por un rey humano. Es ahí donde el Dios Yahvé, peleador por su pueblo y rey soberano, pasa a un segundo plano en cuestiones de obediencia y surge cierta dualidad en cuanto al comportamiento del pueblo que después de la división del reino será motivo de mucha injusticia social.

El Antiguo Testamento hasta antes de la dinastía davídica, no presenta una teocracia que delegaba o encargaba a un grupo selecto o una institución el derecho y deber del uso de la violencia contra otros pueblos. Los jefes de tribus representaban al pueblo ante Dios y no viceversa, ellos no podían tomar decisiones propias en cuanto a las guerras ni declarar guerra por ellos mismos, sino solo a través de la iniciativa de Dios.

Existen dos posturas con respecto a la interpretación histórico-teológica de la intervención divina en las guerras de Israel contra sus enemigos. La primera, cuyos rostros son Friedrich Schwally, Johannes Pedersen, Gerhard Von Rad y Patrick Miller, afirma que el espacio y la acción divina en las guerras de Israel contra sus enemigos se deben más a reinterpretaciones posteriores que influyeron la narración de los hechos que se realizó a un tiempo remoto de lo ocurrido.

La segunda, con rostros de Rudolf Smend, Fritz Stolz, Albert Glock y Manfred Weippert, afirma que el protagonismo de Yahvé en las narraciones de guerras de Israel se basaba en hechos históricos que condujeron a una interpretación teológica de la historia y los sucesos relacionados con la guerra. Si bien las narraciones ocurrían a tiempos remotos de lo sucedido, Smend argumenta, que el espacio que ocupaba Yahvé en las guerras de Israel contra sus enemigos no se debía a interpretaciones teológicas posteriores a los eventos, sino a un relacionamiento claro de lo ocurrido con la promesa del pacto establecido por Dios y el hecho histórico del éxodo.

            1.2.2 Dios y la violencia hacia Israel

Si bien esta temática cobra poca importancia en los comienzos de la historia de Israel, será clave para entender los sucesos de 722 y 587 a.C., la caída de Samaria y Jerusalén. A penas Israel se convirtió en una nación semejante a la de Egipto, Dios le trató con semejante castigo. Eso da a entender que los escritos del Antiguo Testamento y las palabras de Dios para su pueblo no fueron una ambición nacionalista sino un sincero llamado a la integridad moral.

Un área en donde Israel probablemente más se distinguió de sus pueblos vecinos era en cuanto a las guerras. Como ya se había mencionado, Israel (antes de la época monárquica) por lo visto no peleaba con una ambición de expandir su territorio sino por obediencia y guiado por la voluntad de su Dios. El favor de Dios para el hebreo se evidenciaba muy claro a través de la dimensión económica. Mientras estaba la base económica-territorial, el hebreo no se sentaba a sumar las cosas sino asumió que el resultado en cuanto a su relación con el Dios de su pacto era positivo.

Es en esa paz engañosa donde el Dios que provee se vuelve enemigo de su propio pueblo. Ha sido probablemente la crisis teológica más grande que ha experimentado el pueblo hebreo en sus tiempos. La esperanza más poderosa y valiosa con que una nación jamás pudo contar se volvió en una pesadilla sin comparación. Con sus propios ojos habían visto lo que Yahvé era capaz de hacer con los que no le obedecían y ahora habían de experimentarlo ellos mismos.

La naturaleza y el ADN de Israel reposaban en el pacto y solo a través del mismo estuvo en condiciones de formar el pueblo de Dios. Fue la iniciativa de Dios que rescató al pueblo de la opresión e hizo de una multitud rechazada una nación fuerte. Con la creciente injusticia social y la idolatría el pueblo de Israel cayó en manos del Dios vivo y tuvo que confrontarse de nuevo con la opresión, la dispersión y la falta de esperanza.

Esa vuelta a la esclavitud y por sobre todo a la pérdida total de su dimensión económica tuvo un impacto muy grande en la historia de Israel. Sin entrar mucho en detalles, la vuelta de Dios contra su propio pueblo y su injusticia obligó al pueblo a reflexionar y redefinir su propia identidad y teología. La mayoría de los autores que aceptan la teoría de Wellhausen acerca de la formación del Pentateuco están convencidos que se puede apreciar esa reflexión teológico-histórica en los escritos del mismo. Cabe mencionar que es también el tiempo de dispersión en donde el pueblo probablemente se puso a recolectar y reescribir gran parte de su historia. En la dispersión el texto se vuelve nación, reemplazando así provisionalmente la dimensión económica y la ley del Señor cobró nuevamente importancia en la vida del hebreo.

Es aquí donde recobra vida el concepto del Dios que pelea por su pueblo a salvarlo y liberarlo. Como ya mencionado en el punto anterior, es aquí donde surgirá la esperanza mesiánica en espera al rescate como lo fue aquella primera liberación de las manos de los egipcios.

Conclusión

El rostro violento de Yahvé que nos pinta el Antiguo Testamento es de carácter absolutamente divino y supremo. El pueblo de Israel no tuvo problemas morales al enfrentarse con el autor de la vida que estuvo en condiciones de quitarla en cualquier momento, usando el método que le parecía adecuado u oportuno. Sería un error afirmar que la vida no sea apreciada con valor y dignidad en el Antiguo Testamento, pues vemos que para el homicidio no ordenado por Dios hay consecuencias graves y hasta fatales.

El hebreo que entendía que el mismo Dios que rescató a su pueblo de las manos del egipcio, era también el Dios que juzgaba según su ley aún a los que libertó. Así la base de la interrelación Dios-pueblo es el pacto y la ley dada por Dios. Cuando el pueblo, por medio de la institucionalización del poder político se olvidó de la base teo-política establecida en su primer encuentro con Dios en el éxodo, creció en injusticia social e idolatría. Fue justamente el mismo peligro por el que Dios había permitido y ordenado la aplicación de la violencia en ciertas ocasiones.

Algunos autores (como Norman Gottwald) sugieren argumentar la cuestión de la violencia en el Antiguo Testamento de una perspectiva histórico-teológica. Para que el pueblo Dios sobreviviese y dejase documentación histórica, era indispensable recurrir a la guerra. Pero esos acontecimientos han de entenderse como respuesta a una situación concreta en una circunstancia específica. Si Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre y no cambia su naturaleza, tal vez el cambio percibido está más en la conducta que exige del ser humano respecto al mal.

No puede negarse tampoco que las intervenciones divinas en las guerras de Israel aparecen más en señal de esperanza a salvación y protección y no como un Dios airado que se complace en la maldad. A pesar del carácter violento que hallamos en la destrucción de pueblos enteros en el Antiguo Testamento hay que tener en cuenta que fue una intervención directa para frenar el mal. La tensión que se planteó en la introducción del presente artículo sigue en pie. Por un lado Dios permite la maldad en el mundo, siendo un Dios de amor y por otro lado también interviene directamente a frenarlo, siendo el mismo Dios de amor.

Para terminar resulta apropiado reflexionar acerca de la autoría divina sobre la vida y la existencia del cosmos y sus elementos. Dios está en condiciones y con el derecho de dar vida pero también para quitarla cuándo y cómo lo quiere. En ese sentido el Antiguo Testamento ofrece una perfectiva muy Teocéntrica cuando afirma en Job 1:21-22: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito»

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[1] Deísmo: Creencia en un Dios creador desinteresado y no personal con relación a su creación

[2] Teísmo: Creencia en un Dios creador cercano y personal

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