La Biblia y la doctrina del libre Albedrío

¿Está el ser humano al mando de su propia voluntad?

¿Tiene el ser humano el poder de querer lo que quiere? Una pregunta que plantea una paradoja difícil de abordar. Ha sido y sigue siendo un tema de amplia discusión y profundo interés tanto religioso como filosófico. Es posible apreciar dentro de la historia de la iglesia dos enfoques principales del debate que se desarrollarán a lo largo del artículo. El interés primordial en cuanto al conflicto entre el determinismo y la doctrina del libre albedrío ha sido el de precisar el grado de responsabilidad del ser humano a la hora de tomar decisiones. Por un lado el determinismo en su extremo parece proponer un fatalismo y por otro lado el libre albedrío la inexistencia de la moral y por ende de un Dios. Sin más adelantos quiero entrar ahora directamente al tema.

[Por recomendación personal sugeriría leer el artículo de manera sistemática para poder asimilar y comprender a profundidad los temas presentados en forma resumida].

Introducción

La pregunta por la autonomía volitiva del ser humano ha sido un tema de gran interés no solamente filosófico sino en especial teológico y judicial. En búsqueda de la determinación del grado de responsabilidad del individuo en la toma de decisiones, la cuestión del determinismo y su opuesto, el libre albedrío, han sido temas de amplia discusión. Desde sus primeras manifestaciones como pensamiento teológico en los escritos de San Agustín ha sido y sigue siendo una paradoja de pocas respuestas absolutas. A lo largo de la historia del debate ha habido poco interés en un enfoque lateral[1] del tema, dado que es de índole muy abstracta.

Si bien el ser humano siempre estuvo consciente de la superioridad en su grado de libertad ante el animal, se vio restringido por ciertos determinismos estructurales, entre ellos el carácter, la ley de la causalidad, la condición humana y los motivos de su actuar. Con la psicología fue posible encuadrar varios determinismos dándoles nombres y justificaciones. Sin embargo quedó claro entre la mayoría de los psicólogos del siglo presente que (para dar un ejemplo) los temperamentos[2] que impulsan el actuar humano y le dan forma, son de naturaleza innata y resultan imposibles de alterar o manipular completamente.

El tema, como fue abordado en sus primeros intentos con un enfoque religioso, ha adoptado el objetivo de salvar la contradicción flagrante entre la responsabilidad humana y la justicia divina. La argumentación básica se nutre del argumento que si una mala decisión humana procede de su naturaleza o su condición innata, la culpa ha de serle imputada al autor de la naturaleza, a Dios. De la misma manera que se lleva al juicio al arquitecto que construyó un edificio condenado a colapsar, sea o no intencionalmente.

Las preguntas que resaltan del debate pueden resumirse en las siguientes: ¿Es el hombre responsable por sus acciones? ¿Existe la libertad de la voluntad o responde todo a un algoritmo determinado? Para responder estas preguntas es necesario dimensionar en primer lugar la magnitud de la paradoja que en sí parece provocar una exclusión mutua. En su sentido más extremo el afirmar una postura, es descalificar la otra. El desentendimiento de la profundidad filosófica que presenta el tema de este artículo se ha manifestado a menudo en la afirmación ciega «puedo hacer lo que quiera».

Por consiguiente se analizarán primero las dimensiones de la libertad humana para evaluar después la relación que guarda el tema con la filosofía bíblica.

Dimensiones de la libertad humana

Cuando se habla de dimensiones de la libertad humana se refiere a las esferas de manifestación de la misma en el actuar humano. La libertad humana se compone de una así llamada “naturaleza triple” que incluye las facultades físicas, intelectuales y morales. El género probablemente más conocido y ampliamente comprendido es el de la libertad física (que se analizará en el primer sub-punto) que erróneamente ha sido prestado para la transferencia conceptual a todas las dimensiones de la libertad en la naturaleza humana.

Libertad física

La libertad física se entiende por la ausencia absoluta de todo impedimento de carácter material. Viene a componer el entendimiento básico de toda libertad en su comprensión concreta y por tanto ejerce mucha influencia sobre el entendimiento de las demás dimensiones. Es libre, el que no es condicionado. Declaramos libre al perro que no lleva cadena, al caballo que no está atrapado en un campo de determinadas hectáreas por un alambre de aluminio o en el peor de los casos por un alambre de púas.

Así la libertad no se da por lo que está, sino por lo que falta cobrando así un sentido más negativo. Así la libertad física se ve impedida por naturalidad de las cosas que están. Para aclarar la idea hay que considerar el siguiente pensamiento: La persona que quiera vivir la libertad física en su máxima y absoluta expresión, debe estar exenta de toda necesidad básica. El hombre se ve limitado, no solamente por otro hombre, sino por su misma necesidad básica de la vida.

El que quiere vivir, está condicionado y esclavizado por la necesidad de la supervivencia. Y la persona que pretende querer la muerte expresa el sentido máximo de condicionamiento e impedimento del que no encuentra otra salida sino la de dejar la misma existencia física-consciente. Se puede considerar libre a toda persona que obra y se desplaza conforme a su voluntad propiamente arreglada con la disponibilidad absoluta de toda dirección física. Una realidad utópica que el mismo pensamiento lateral descalifica.

La autonomía física por excelencia requeriría no solamente de la posibilidad de moverse hacia donde la persona quiera, sino también cómo quiera y cuando lo precisa, haciendo caso omiso a procesos de formación y desarrollo natural. Pronto entraría la necesidad de la transformación molecular y la alteración del código genético. Ya que descalificamos la libertad física (en su máxima expresión) no hace falta tampoco explayarse más allá de lo conocido en relación a lo que podría significar su existencia.

Libertad intelectual

La facultad cognoscitiva puede definirse como el instrumento de los motivos en el ser humano. Es el mediador entre los motivos y la voluntad. Para que un impulso o un motivo puedan afectar de manera relevante a la voluntad humana, es necesario que intervenga la facultad intelectual. Por ello afecta directamente lo que se considera el núcleo del ser humano, su voluntad. Mientras obre de manera fluida y natural, es posible precisar la mayoría de los impulsos y motivos que la influencia para actuar sobre la voluntad.

Es probablemente el área más percibido de entre las dimensiones que conoce el ser humano pues actúa (inmediata- o remotamente) de acuerdo a su voluntad. Cuando se habla de obstáculos en cuanto a la libertad intelectual, puede hablarse tanto de una perturbación del mediador que regula el impacto que ejercen los estímulos en las acciones o cuando el mediador se ve alterado por causas externas.

Un caso muy conocido puede ser el del consumo excesivo de alcohol. En cuanto incrementa el porcentaje de alcohol en el cuerpo humano, el mediador se ve afectado y no está en condiciones óptimas para la regularización del efecto que tienen los impulsos sobre la voluntad humana. El mismo caso se da con las drogas o con el veneno.

La libertad intelectual se dará en el momento preciso en el que un ser humano podría escoger consciente y particularmente cada uno de los estímulos que se presentan en su alrededor para determinar el impacto que han de generar en su voluntad. Cosa que no se da en un mundo real. Queda claro que el ser humano no está casi nunca en las condiciones de controlar impactos sobre su voluntad, tal verdad se evidencia en las depresiones, los traumas, etc.

Libertad moral

Hablar de la libertad moral es adentrarse en el núcleo del debate por el libre albedrío. El hombre se ha dado cuenta que a pesar de no hallarse impedido por ningún obstáculo de naturaleza material, como lo conoció de la libertad física, era posible experimentar una limitación en su actuar, esta vez en relación a su facultad moral. De repente el hombre más libre en su dimensión física, sufrió, por un concepto distorsionado de la moral social de su tiempo y una decisión errónea, la muerte terrible en la horca, el fuego, etc.

Cuando hablamos de la dimensión moral, podemos hablar de dos determinantes, el externo y el interno. En cuanto se refiere al externo, se habla de la influencia social y en cuanto al interno se habla de la subjetividad. Sin embargo no se puede transferir el mismo concepto de libertad que se ha analizado en la dimensión física a la moral (como se había adelantado en la introducción). Mientras que la intervención de un obstáculo en la dimensión física impide al ser humano a proceder, en la dimensión moral el obstáculo sólo se da en su manifestación pública donde se vuelve física. Resulta imposible obstaculizar la dimensión moral del ser humano. La historia humana registra miles de torturas de carácter inimaginablemente cruel con el solo fin de penetrar y obstaculizar el proceder moral de determinadas personas.

Así como la contribución o el determinante externo pueden moldear el concepto moral de una persona, el ser humano puede elegir, a cierto grado de madurez, no ofrecer un acceso libre a esa dimensión. Puede agregar o quitar según su voluntad. Afirmar con eso que la persona esté libre sería tan ignorante que afirmar que «puedo hacer lo que quiera» es sinónimo a libertad (como se había mencionado en la introducción).

Para afinar el concepto de libertad en la dimensión moral hay que considerar lo siguiente: la libertad no se halla en el «poder hacer» sino en el «poder querer». Mientras que la libertad física se afirma en el poder ejercer la voluntad, en el campo moral se afirma en el poder quererla. Es moralmente libre la persona que dispone de todas las herramientas para formar su propia voluntad.

Para ejemplificar esa verdad considérese lo siguiente: Si una Persona se va a comprar un helado, por lo general siempre opta por el mejor gusto según su criterio. Nadie nunca opta por el gusto que considera el menos agradable. Esa situación probablemente solamente se de en el caso que haya solamente ese gusto o porque entró en una apuesta, perdió y el precio era el de comer ese helado. Con la moral funciona idéntico. El ser humano opta siempre por el camino que le parezca moralmente adecuado a su situación. Cuando una persona actúa en contra de su propia moral se debe a que espera un beneficio mayor o porque es forzada a hacerlo.

En realidad es posible ordenar y archivar toda acción humana en dos categorías. En la primera categoría caen todas las acciones que el ser humano elige en respuesta a su voluntad y en la segunda categoría todas aquellas que se vio obligado o forzado a realizar aun si estas no responden a su moral. Resulta imposible para el ser humano, alterar su propia voluntad. Al que no le gusta comer helado de Chocolate no se va a comprar un helado de chocolate para disfrutarlo.

Ahora considerando que la persona igual opta por el helado de chocolate, no lo hace en respuesta a su voluntad de disfrutar del helado, sino a un estímulo más elevado, el de querer sentirse libre a la hora de ejercer su voluntad. Así el ser humano nunca puede ir en contra de su propia voluntad. Por un momento puede manipular la realidad, fingiendo querer el helado que no quiere cuando en realidad solamente busca evidenciar que es libre para hacer lo que quiere. Y con eso cae de vuelta en el mismo paradigma del simple hacer lo que quiere sin poder cambiar el querer mismo.

El ejemplo sirve para entender mejor la dimensión moral. Así como el ser humano parece no estar en condiciones de ejercer poder sobre su querer algunos filósofos consideran que tampoco está en condiciones de hacerlo con su juicio moral. Por ende la persona con libertad moral absoluta está en condiciones de elegir y componer su propia moral independientemente de influencias externas. También esa realidad se descalifica para la realidad humana.

Para llegar al último piso del pensamiento hay que tener presente   que la persona que estuviera en condiciones de armarse su propia moral, tendría que armarla sin estímulo alguno. Si la formación de su propia moral es impulsada por factores externos, es una simple manipulación en respuesta a un ideal que pretende alcanzar. Éste a su vez evidencia la esclavitud de la persona al querer poder hacer lo que quiere y no tanto poder querer lo que elige querer sin compromiso ni beneficio.

Libre albedrío y la Biblia

La idea del presente punto es la de presentar brevemente algunas opiniones de pensadores, filósofos y teólogos respecto a la relación Dios-creación y sus implicancias para la doctrina del libre albedrío. El debate ha sido muy amplio y las argumentaciones, si bien siempre desde una perspectiva biblio-céntrica, con conclusiones abismalmente diferentes.

En sus primeras manifestaciones, el debate se ha dado entre Agustín y el por hereje declarado Pelagio cuyas enseñanzas influenciaron tanto el pensamiento medieval católico, el renacimiento humanista, el socinianismo, el arminianismo y el liberalismo moderno.

Para Pelagio y sus seguidores el regalo de la gracia siempre implicaba la habilidad humana de elegir. Él argumentaba que si el hombre tiene responsabilidad, necesariamente tiene que poseer habilidad y libertad. Agustín no negó el estado fragmentado y caído de la naturaleza humana y que éste esté en condiciones de hacer decisiones. Él argumentaba que el hombre tenía libre albedrío pero que perdió su libertad moral. Afirmó que la libertad que permanecía en el hombre, siempre le llevará al pecado y no a Cristo.

Después les siguieron Erasmo de Rotterdam y Lutero en el debate. Erasmo, que es apreciado como padre del humanismo cristiano, defendía la idea de la libertad humana a la que se opuso Lutero afirmando:

A aquellos que sostienen el libre albedrío, les advierto que tal afirmación implica al mismo tiempo negar la existencia de Cristo. Contra el libre albedrío se alinean todos los testimonios de las Sagradas Escrituras que predican el advenimiento de Cristo. Y tales testimonios son innumerables, dado que todas las Sagradas Escrituras, en su conjunto, pueden ser tomadas como un testimonio contra al afirmación. Y si éstas han de ser el juez, mi victoria sobre aquel pensamiento será tan completa, que ya no le quedará a mis oponentes ni una letra que no condene la creencia en el libre albedrío.
[…]
Que Dios, por obra de su propia libertad, deba imponernos la necesidad, es algo que la misma razón natural nos obliga a reconocer. Y una vez otorgadas a Dios la presciencia y la omnipotencia, se sigue como consecuencia incontestable que no somos creados por nosotros mismos y que no vivimos ni obramos, sino por su omnipotencia… Así, la presencia y la omnipotencia divinas están en la antípoda de nuestro libre albedrío… Todos los hombres se ven obligados a admitir, como una consecuencia inevitable, que no existimos por obra de nuestra propia voluntad, sino por necesidad, del mismo modo que nada hacemos por nuestro propio gusto ni por efecto directo de nuestro libre albedrío, sino que Dios lo ha previsto todo, y nos guía Él, por un consejo y una virtud omniscientes e inefables.

Martín Lutero (De Servo Arbitrio)

Ha habido muchas más personas que se unieron al debate, entre ellos también Calvino, pero que han seguido las mismas líneas del debate. En el año 1646 se publicó la confesión de fe de Westminster que dejó en claro, siguiendo las doctrinas de Calvino, que la elección de Dios no anula el libre albedrío del hombre, haciendo hincapié en la responsabilidad moral del ser humano.

El debate adoptó a largo de la historia de la iglesia dos enfoques básicos en cuanto a la enseñanza bíblica. El primer enfoque lleva a juicio la capacidad que tiene el ser humano de escoger a Dios y el segundo evalúa el grado de responsabilidad que tiene el humano en cuanto a las decisiones morales que toma. En relación al primer enfoque, la respuesta ha sido mayormente NO. Debido a su naturaleza caída, el hombre siempre escogerá el pecado. Ni en el mejor de los estados estará capaz de escoger el bien ante el mal, no lo hace y no lo hizo tampoco en el Edén donde la gloria humana estuvo a su máximo nivel.

En cuanto al segundo enfoque la respuesta ha sido mayormente SI. El hombre, a pesar de la elección y la soberanía de Dios, no es un agente amoral (no confúndase amoral con inmoral).

La Biblia misma no se ocupa mucho del dilema entre la soberanía y la responsabilidad humana. Parece ser un tema que se da por sentado. Dios es soberano y en absoluta autoría de todo y el ser humano es el responsable de sus propios pecados. Por consiguiente se darán algunos ejemplos bíblicos y quedará a cargo del lector formarse un concepto propio del paradigma:

Yo sé, oh Señor, que no depende del hombre su camino, ni de quien anda el dirigir sus pasos.

Jeremías 10:23

El Antiguo Testamento divide claramente el obrar activo de Dios en cuanto a la dirección del ser humano con la responsabilidad del hombre en cuanto a su propia maldad. Así el mismo Dios afirma por el mismo profeta en el capítulo 32:

Y edificaron altares a Baal, los cuales están en el valle de Ben-Hinom, para hacer pasar por el fuego sus hijos y sus hijas a Moloc; lo cual no les mandé, ni me vino al pensamiento que hicieran esta abominación, para hacer pecar a Judá.

Jeremías 32:35

Así también el Nuevo Testamento da indicaciones con respecto al determinismo cuando dice en Juan 6:

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera…

Juan 6:37-44

Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole…

Hechos 2:23

La argumentación más clásica en contra de una filosofía determinista en la Biblia han sido pasajes como Mateo 11:28-30, Mateo 7:7 que apelan a la acción del ser humano para encontrarse con Dios.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Mateo 11:28

Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá.

Mateo 7:7

La pregunta que el teólogo americano, reformado y bautista, John Piper hace a los que sostienen que es suficiente argumentar con estos versículos para desmentir supuestamente la postura del determinismo, es la siguiente: Está bien que venga quien quiera y que busque quién quiera, pero ¿quién puso el querer? Con esa pregunta, Piper busca concientizarle al que argumenta en contra del determinismo con versículos que no evidencian el origen del impulso, que se ha perdido el enfoque del debate.

Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Filipenses 2:12-13

Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Romanos 9:15-16

Conclusión

El debate del libre albedrío no ha sido nunca y probablemente no será hasta mucho todavía un debate que no quede con una conclusión abierta. Es posible enfocar el tema desde varias perspectivas, cada una de las que ofrece puntos a favor y puntos en contra. La teología y la filosofía han sido enfoques de amplio uso en torno al debate descalificando por completo la existencia de un libre albedrío absoluto.

Es de retener hasta el momento sin embargo que, a pesar de no tener una autonomía volitiva absoluta, el ser humano es responsable en cuanto a sus decisiones morales ante Dios. Si bien hubiera algo como una voluntad absoluta, sólo podría darse en un ser de naturaleza divina. Para los cristianos queda en claro que esa capacidad es propia de Dios y que el ser humano en sus dimensiones volitivas depende exclusivamente de ese Dios.

Queda a cargo de cada persona en particular administrar la información expuesta de manera resumida en el presente artículo y discernir en oración y devoción las verdades misteriosas de Dios, teniendo en cuenta que esas no determinan ni afectan el amor de Dios a las personas.


Bibliografía

Herranz, F. M. (2007). ¿Podemos cambiar? Determinismo y el libre albedrío. Eikasia, 1-28.

Hodge, A. A. (1987). Comentario de la confesión de fe de Westminster. Barcelona: CLIE.

Schopenhauer, A. (2007). Ensayo sobre el libre Albedrío. Buenos Aires: Gradifco.

Sproul, R. C. (1 de 08 de 2005). Ligonier. Recuperado el 27 de 06 de 2019, de The Pelagian Controversy: https://www.ligonier.org/learn/articles/pelagian-controversy/


[1] La búsqueda de una resolución de problemas abstractos con la idealización de su realidad. Un método primeramente propuesto como tal en su aplicación al pensamiento por Edward de Bono en 1967. No por su tardía formulación no ha habido intentos de seguir la misma línea de pensamiento en tiempos anteriores.

[2] Inicialmente desarrollado como los 4 humores del ser humano bajo el médico griego Hipócrates (aprox. Siglo V a.C.)

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