Dones espirituales: más allá de las listas de Pablo

1. Más allá de las listas de Pablo

Casi siempre cuando hablamos de dones espirituales, pensamos automáticamente en el N.T. Conocemos los textos de Pablo (1 Corintios 12:4-11, 28; Romanos 12:6-8 y Efesios 4:7-13) en los que él habla específicamente de los dones y encima nos da tres listas. Pero los dones espirituales no empiezan en el N.T. sino que ya están presentes en el A.T.

Cuando hablamos de dones espirituales debemos de aclarar de entrada el concepto. Nada extravagante ni complicado: Los dones espirituales son aquellos dones que se manifiestan cuando el Espíritu Santo toma el control de la vida de una persona. Así de simple. Y de eso tenemos muchos ejemplos en el Antiguo Testamento.

Uno de los primeros ejemplos encontramos en Éxodo 35:30-35:

Moisés les dijo a los israelitas: «Tomen en cuenta que el Señor ha escogido expresamente a Bezalel, hijo de Uri y nieto de Jur, de la tribu de Judá, y lo ha llenado del Espíritu de Dios, de sabiduría, inteligencia y capacidad creativa para hacer trabajos artísticos en oro, plata y bronce, para cortar y engastar piedras preciosas, para hacer tallados en madera y realizar toda clase de diseños artísticos y artesanías. Dios les ha dado a él y a Aholiab hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, la habilidad de enseñar a otros. Los ha llenado de gran sabiduría para realizar toda clase de artesanías, diseños y recamados en lana púrpura, carmesí y escarlata, y lino. Son expertos tejedores y hábiles artesanos en toda clase de labores y diseños.

Aquí vemos claramente que la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el arte fueron dones que las personas obtuvieron después de que el Espíritu Santo haya tomado el control de su vida. Es importante tener en cuenta lo siguiente: Los dones espirituales no se limitan a los de la lista de Pablo. Él no escribió esa lista para limitar a los dones sino con el fin de ampliarlas. En Corinto, una de las iglesias a las que escribe su lista de dones, hubo un problema con el tema de los dones: todos querían tener un don específico que representaba (para ellos) máxima espiritualidad, similar a lo que pasa en las iglesias hoy en día.

Para combatir ese problema, Pablo escribe sobre todos los otros dones que existen y usa la ilustración del cuerpo aclarando que de balde todos van a querer ser la mano porque el cuerpo necesita de todos los miembros. Y no sólo porque uno no tiene el don de la profecía o de hablar en lenguas, es menos valioso para el Reino de Dios. Entonces, vemos que lo que menos quiso Pablo fue limitar a la lista de los dones, la quiso ampliar. Y en el Antiguo Testamento vimos, en el pasaje que leímos, que esos dones pueden ser muy prácticos y no necesitan pertenecer a la lista de los dones espirituales de Pablo en el N.T.

Cuando nosotros hasta ahora pensamos que no teníamos ningún don espiritual, vale la pena volver a evaluarnos quizás en otras habilidades prácticas que no están en la lista de Pablo pero que sirven al reino de Dios y su iglesia. Y tenemos en el Antiguo Testamento muchos ejemplos más para hablar de dones espirituales que no están en la lista de Pablo. Está Salomón que, como lo dice 1 Reyes 4:33-34, tuvo conocimiento de toda clase de plantas y árboles y que de todos los pueblos los reyes vinieron a escucharle enseñando sobre plantas. Hoy en día cuando en la iglesia se enseña de Salomón no hablamos de eso, sino de la sabiduría que tenía para gobernar a todo un imperio. Pero por lo visto para Dios, el don espiritual que le otorgó, no se limitó a eso.

2. Los dones conllevan responsabilidad

Encontramos otra historia en el Antiguo Testamento que nos puede enseñar mucho cuando hablamos de nuestra responsabilidad en cuanto a los dones espirituales. La historia encontramos en Números 11:16-29. El pasaje se sitúa en un punto conflictivo en el pueblo de Israel, Moisés se siente muy a solas con la carga del pueblo que murmura constantemente y se queja porque le iba mejor en Egipto que en el desierto. Cuando Moisés descarga su corazón ante Jehová, éste le dice lo siguiente:

Reúneme a setenta hombres de los ancianos de Israel, a quienes tú conozcas como los ancianos del pueblo y a sus oficiales, y tráelos a la tienda de reunión y que permanezcan allí contigo. Entonces descenderé y hablaré contigo allí, y tomaré del Espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos, y llevarán contigo la carga del pueblo para que no la lleves tú solo.

Salió Moisés y dijo al pueblo las palabras del Señor. Reunió después a setenta hombres de los ancianos del pueblo y los colocó alrededor de la tienda. Entonces el Señor descendió en la nube y le habló; y tomó del Espíritu que estaba sobre él y lo colocó sobre los setenta ancianos. Y sucedió que cuando el Espíritu reposó sobre ellos, profetizaron; pero no volvieron a hacerlo más.

Pero dos hombres habían quedado en el campamento; uno se llamaba Eldad, y el otro[o] se llamaba Medad. Y el Espíritu reposó sobre ellos (ellos estaban entre los que se habían inscrito, pero no habían salido a la tienda), y profetizaron en el campamento. Y un joven corrió y avisó a Moisés, diciendo: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. Entonces respondió Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, y dijo: Moisés, señor mío, detenlos. Pero Moisés le dijo: ¿Tienes celos por causa mía? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta, que el Señor pusiera su Espíritu sobre ellos! Después Moisés volvió al campamento, y con él los ancianos de Israel.

Hay muchas lecciones que podemos aprender de esta historia, pero vamos a enfocarnos en dos. En primer lugar vemos que aunque dos personas no se manifestaron ante la tienda de Moisés, igual recibieron al Espíritu Santo y con este el don de la profecía. Es decir, cuando nosotros asumimos un cargo, como en este caso ellos asumieron formar parte de los setenta ancianos y gobernantes de Israel, Dios tomó en serio su compromiso y los capacitó a pesar de que fallaron ya en su primer encuentro, su primera responsabilidad que, aparte de ser única, fue sencilla y fácil de cumplir. Simplemente debían presentarse. Dios cumple con su parte y nos capacita para nuestro ministerio con el don necesario.

En segundo lugar vemos que Dios no derramó más cantidad del Espíritu Santo sino que tomó de lo que había puesto en Moisés y lo repartió entre los setenta. El Espíritu Santo, al distribuirse no se achica, sino que se multiplica. En este caso la persona que tuvo el don (Moisés) fue la fuente de la que se tomó el Espíritu para capacitar a las demás personas. Es lo mismo que hacemos hoy en día cuando capacitamos a otra persona para un ministerio. Nosotros, que tenemos el don, usamos este para capacitar a otra persona en el mismo don. Tomando el ejemplo de un carpintero vemos que después el que enseñó al otro no es menos carpintero que antes, sino que de repente hay dos carpinteros, se multiplicaron.

Vemos entonces que Dios cumple con su parte pero también quiere involucrarnos. En este caso le involucró a Moisés y si bien en esta ocasión fue de un día al otro, no siempre va a ser así. A veces vamos a tener que ejercitarnos en el don que recibimos de Dios. Si yo ya sé cuál es mi don, sería bueno buscarme una persona que tiene el mismo don pero más experiencia y aprender de esa persona.

3. El don no es mío

Cuando Moisés vio que su don se había multiplicado setenta veces se emocionó mucho y se alegró. Pero un joven que estuvo en el campamento donde se quedaron las 2 personas que no cumplieron con su responsabilidad, cuando escuchó que estos empezaron a hablar palabras de profecía corrió a Moisés y le advirtió que los impidiera. Muchas veces nos pasa lo mismo en la iglesia, queremos detener a las personas que manifiestan tener el mismo don que nosotros porque tememos perder la autoridad. Ver a otra persona con el mismo don nos obliga a reconocer que no es nuestro don.

Este joven en la historia fue Josué, un hombre que se inició en las lecciones de su maestro Moisés para después convertirse en su sucesor. También él recibía instrucciones en cómo ser un buen líder de un pueblo pero quiso detener a otros que gozaban de un don similar. Pero Moisés le respondió: ¿Tienes celos por causa mía? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta, que el Señor pusiera su Espíritu sobre ellos! (Nm 11:29).

Moisés deseaba que todos tengan el Espíritu Santo. Él no quiso quedarse como único con dones espirituales porque conllevaba mucha responsabilidad. Esas mismas palabras Dios usa después en la profecía de Joel 1:28 cuando promete el derramamiento del Espíritu Santo. Dice: Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. Y las mismas palabras las cita Pedro después en Hechos 2 cuando se cumple esa profecía.

Si ya hiciste varios “test de dones” y no te sirvieron, quizá tengas uno que no esté en la lista de Pablo, pero que Dios te dio. No te dejes desanimar por personas que hacen de los dones una cuestión excluyente limitándolos. Quizá tu don es muy práctico y sirve a la iglesia y al reino de Dios, entonces procura crecer en capacidad y experiencia en ese don para poder capacitar algún día a otra persona en el mismo don.

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