Dios como Padre

CONOCIENDO A DIOS PADRE SEGÚN EL EVANGELIO DE JUAN

Como seres humanos actuamos de acuerdo a ciertos esquemas. Nuestra experiencia, nuestros estudios, nuestras emociones, nuestra educación y muchos otros factores influyen en cómo percibimos y analizamos el mundo que nos rodea. Esto se aplica también en cuanto a nuestra fe en Jesús.

Cada hombre, aún aquel que niega la existencia de Dios, es un teólogo. Construye su ciencia acerca de este ser trascendente en base a lo que sabe y experimentó. Como cristianos buscamos que nuestro esquema teológico se rige de acuerdo a las Escrituras. Queremos saber exactamente qué dice en ellas y actuar conforme a ella. Y un sistema teológico nos facilita comprender verdades bíblicas y sus implicancias.

Yo personalmente creo que ningún sistema teológico-dogmático logra percibir y abarcar la profundidad de la sabiduría de nuestro Dios por completo. Claramente pueden hallarse muchas verdades en un sistema y puede el mismo exponer un evangelio acorde a las Escrituras, sin embargo, nunca logrará encasillar por completo todos los atributos de Dios.

A pesar de esto, concordando con Proverbios 25:2: “Gloria de Dios es encubrir un asunto, pero honra del rey es investigarlo.”, considero que como cristianos necesitamos investigar y necesitamos crear sistemas. Y para esto sirve la teología sistemática. Lo que le antecede a la Teología Sistemática es la Teología Bíblica, la cual se encarga de presentar el contenido acerca de un tema doctrinal de un libro o de un grupo de libros bíblicos.

El mismo enfoque tiene este artículo: Pretende exponer lo que el evangelio de Juan dice acerca de Dios en su función como Padre. Juan habla de una manera muy concreta acerca de las tres personas de la Trinidad, el Espíritu Santo, Dios Padre y Jesús y se puede notar su interfuncionalidad y su trabajo en equipo.

Para una comprensión mejor intenté dividir el contenido en 4 subpuntos, los cuales no necesitan ser categorías inflexibles, pero nos ayudarán a formar un “esquema” o un “sistema” acerca de qué creemos referente a Dios Padre. El trabajo es fruto de mis estudios devocionales personales, por lo tanto, no es una obra muy académica, pero espero que sea de bendición para Usted.

Al final del artículo me atrevo a sacar unas enseñanzas y aplicaciones concretas para la Iglesia de Cristo. Vayemos al primer punto.

a) Dios Padre era el lugar de donde partió Jesús a su misión en la tierra

El evangelio de Juan deja bien en claro que Jesús, antes de venir a la tierra estaba “en gloria” con el Padre ya desde antes de la fundación del mundo (17:5).

A lo largo de todo el evangelio entonces se enfatiza que Jesús vino del Padre. Moisés en las Escrituras dio testimonio acerca de su venida y al venir él, cumplió esta promesa (5:46). Estaba al principio con el Padre y uno con el Padre, y el Padre creó todas las cosas por medio de él, el Padre le santificó y le envió conscientemente a la Tierra para, después de morir y resucitar, volver a él, al haber terminado su obra en la Tierra. (1:1-3; 3:2,13,31; 6:27; 46; 58; 7:28-29; 8:21,23, 42; 10:36-38; 11:27, 42; 12:44; 13:1-3; 14:28, 31; 16:28,30; 17:8,13; 20:17)

b) Dios Padre provee un plan de salvación para toda la humanidad

La salvación tiene como origen el amor de Dios Padre hacia el mundo, es decir hacia las personas que no le conocen. Jesús estaba consciente de que la salvación originariamente provino de los judíos, porque ellos tenían ciertos privilegios espirituales, como el templo, los profetas, la ley, etc. (4:20), pero destacaba claramente que la salvación se extendería a todos los pueblos.  Siendo esto así, Dios Padre había dado a su Hijo unigénito para que ofrezca la salvación por fe a los judíos y a los gentiles y para que muera la muerte vicaria (3:14,16-17; 6:29; 7:38; 8:18b).

Esta misma era la “obra” de Jesús, que Dios Padre le había dado para que la cumpliera (17:4). Y, ya que esta obra para Jesús tenía suma importancia y prioridad, él se esforzaba en cumplirla (4:34). Para esto incluso rehusó hacerse un rey terrenal (6:15), prefiriendo autodenominarse el “pan de vida” entregado por Dios para saciar el hambre espiritual de los hombres (6:35).

Se destaca el sacrificio que estaba dispuesto a pagar el Padre para salvar a la humanidad: “ha dado” y “unigénito” en cierto sentido señalan hacia esto (3:16). Esta luz, enviada en gracia y en verdad por Dios Padre daría la oportunidad al mundo para creer en él.

Pero también de parte de Jesús habría que pagar un gran precio. Él sería “levantado” (crucificado) así como la serpiente de Moisés en el desierto (3:14) y a través de esta muerte Jesús atraería a todos hacia sí mismo (12:32) y congregaría en uno a todos los Hijos de Dios dispersos (11:52). Jesús se comparó con un grano de trigo, que para dar frutos tiene que morir sí o sí (12:24). Esta obra que Jesús tenía que cumplir era “una copa” que Dios Padre le había dado para que la bebiera (18:11).

Esta muerte era necesaria para la obtención de la vida eterna. Jesús fue llamado por Juan el Bautista cordero de Dios Padre, haciendo alusión al sistema sacrificial veterotestamentario (1:29,36). Jesús ofrecería su “carne por la vida del mundo” (6:51). Sólo se obtiene la vida eterna “bebiendo” la sangre y “comiendo” la carne del Hijo. (6:54; 57)

La fe, según Juan, constituye el elemento fundamental de la obra salvífica efectuada por el Padre y requisito para convertirse en “Hijos de Dios” Padre también (3:16; 6:35). El que creería en Jesús, no creería en él, sino en aquel que lo envió, es decir, Dios Padre (12:44-46). Además, para Jesús, la vida eterna consistía en conocer a Dios Padre y a su enviado (17:3) y conocimiento en el sentido bíblico era mucho más que meramente saber de su existencia.

El evangelio de Juan claramente destaca que Dios Padre da a Jesús a ciertas personas para que reciban la vida eterna y de esta manera sean salvas. (6:35-39; 17:2,6). Nadie puede venir a Jesús, al menos que el Padre lo atraiga a él (6:44) y así como el Padre puede levantar muertos y darles vida, el Hijo puede dar vida “a los que quiere” (5:21). Aquel que presta atención (oye) al Padre y aprende de él, vendrá a Cristo, porque Cristo definitivamente era el enviado de Dios (6:45-47).

Cosa similar expresa Jesús hacia sus discípulos al explicarles que él los eligió a ellos y no viceversa con el fin de que traigan frutos (15:16). Los discípulos ya estaban limpios por la palabra misma que Jesús había predicado a ellos (15:3; 13:10). En este sentido se puede hablar de una predilección divina para la salvación. Además, las “ovejas” que le son entregadas a Jesús nadie los puede arrebatar de la mano del Padre. Están seguras ahí (10:26-30), porque el Dios Padre quiere que nadie de aquellos que son dados a Jesús se pierdan, sino más bien sean resucitados en el último día (6:39).

Jesús vino a los suyos (al pueblo Israel), y los suyos no le conocieron en la mayoría, es más, el “mundo” le odiaba a Jesús (7:7). Sólo algunos creyeron y estos recibieron potestad para ser convertidos en Hijos de Dios Padre (1:10-18). Aquellos Personas que no creen se auto-condenan prácticamente porque prefieren (aman) más a las tinieblas antes de la luz para que sus obras malignas no sean descubiertos (3:18-21; 5:24). Jesús explicaba a los judíos incrédulos que ellos morirían en sus pecados … a menos si creerían que él era el enviado de Dios (8:24-30) e invitaba intencionalmente a creer, ya que él era el mesías enviado por el Padre y hacía las obras de su Padre: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.” (v. 37-38). La fe era una respuesta que Jesús demandaba de la gente. En este sentido se puede ver una actividad humana en respuesta a la venida de la luz a la humanidad y Jesús nunca arrojará fuera a aquel que a él viene (6:37).

Venir a Dios Padre sólo es posible a través de Jesús, el cual es el camino, la verdad y la vida (14:6). Las demás personas, los que se resisten a creer, es decir, desobedecen, (ἀπειθέω) se mantienen bajo la ira de Dios (3:36; 5:40-47). Estas personas, una gran parte de los judíos, no conocían al Padre ni tenían su amor dentro de ellos, porque si hubiera sido de otra manera, hubieran creído en Jesús, ya que hasta las Escrituras mismas dieron testimonio acerca de Jesús (5:37-39).

Aquellas personas que le odian a Jesús (7:7) y a sus enviados y los expulsan de las sinagogas y los matan, lo hacen, porque no conocen a Dios Padre (15:21). Y aquel que odia a Cristo odia también al Padre, de la misma manera que uno que recibe a Cristo, recibe al Padre también (15:23, 26).

Para ser salva una persona, es decir, para entrar en el reino de los cielos, es preciso que la persona nazca de nuevo a través del Espíritu Santo. El Nuevo Nacimiento, también llamado regeneración en términos teológicos, provoca en el cristiano un cambio total en cuanto a su comportamiento, sus pensamientos, palabras, prioridades etc. (3:5-7) Esto implica que un seguidor de Cristo, así como el mesías mismo “odia” su vida terrenal y la guarda para vida eterna (12:25), sabiendo que el Padre honrará a todo aquel que sirve y sigue a Jesús (12:26).

Hay diferentes consecuencias de la salvación que proveyó Dios Padre:

Primero en esta lista: aquel que guarda los mandamientos y ama al Padre será una morada de Dios Padre y Jesús, además será amado por ambas personas de la trinidad. (14:23)

Segundo; aquel que viene a Jesús y cree en él, nunca más tendrá hambre ni sed espiritual. Será saciado, espiritualmente hablando, por el pan de vida que es Jesucristo (6:35).

Tercero; serán resucitados cuando llegue el final del mundo aquellos que creyeron e hicieron lo bueno. Les esperará la vida eterna. Sin embargo, aquellos que hicieron lo malo, serán resucitados para condenación (5:25; 29; 6:39-40; 50-51). Jesús prometió a sus discípulos ir a prepararles un lugar en el cielo y luego volver a buscarlos. (14:2-3)

Cuarto: los que creen en Jesús tendrán a Dios como Padre y verán su gloria (11:40; 20:17)

Quinto: el que creería en Jesús hará obras más grandes que él (14:12)

Sexto: el Espíritu Santo proveniente del Padre será enviado de parte de Jesús a los creyentes. Este dará testimonio acerca de Jesús (15:26)

Séptimo: Aquellos que Dios ha encomendado a Jesús, los amará el Padre mismo, así como él amó a Jesús (17:23)

Octavo: Jesús envía a sus discípulos al mundo, así como Dios Padre le había enviado a él (20:21)

Es preciso que aquellos que lleguen a formar parte de Jesucristo, es decir, le siguen, creen en su poder salvífico, etc., permanezcan en una relación estrecha con Jesús y que lleven frutos. Aquel que está en Cristo (el cual es simbólicamente presentado como la vid verdadera y sus seguidores como pámpanos de uvas), y no trae frutos estando en él, será quitado de él por Dios Padre. Sin embargo, aquel que lleva frutos es limpiado y cuidado por Dios Padre, que es el labrador de la viña para que lleve más frutos (15:1-2).

Es preciso para traer frutos de salvación obedecer al mandamiento de Jesús de: “Permaneced en mí” (15:4), ya que separados de Jesús nada se puede hacer. El pámpano que no permanece en Cristo, será echado fuera y quemado (15:6). Llevando frutos y siendo discípulo de Jesús en su amor, guardando sus mandamientos se glorifica a Dios Padre y Jesús ama a sus discípulos. (15:6-10).

C) Direcciona el ministerio terrenal de Jesús

Resalta en el evangelio de Juan que Dios Padre había “dado” a Jesús ciertas obras para que los cumpliera (5:36; 10:25, 32). En estas obras (sanaciones, resurrecciones, etc.), el Padre se glorificaba (11:4).

 Él Padre siempre acompañaba a Jesús (16:32), lo amaba y Jesús permanecía en su amor (15:10). Él fue también aquel que había dado vida en sí mismo a Jesús, al Hijo (5:26) y Jesús mismo estaba en el Padre y el Padre en él (14:10; 17:21), es más, los dos siguen siendo uno (10:30). Se nota entonces que Jesús, durante su ministerio terrenal tuvo una relación muy íntima y estrecha con Dios Padre.

El Padre conocía a Jesús (10:15), así como Jesús lo conocía íntimamente a él (17:25), de manera que aquel que vio a Jesús vio también al Padre (14:7-9). El Padre “amó” a Jesús porque este “puso su vida” (10:17), un mandamiento que el Padre mismo había dado a su Hijo (10:18)

Además, a pesar de que Dios Padre es el mayor que todos (10:29) había dado autoridad a Jesús, dándole “todas las cosas” en sus manos (3:35; 13:3). Con razón Jesús podía “hacerse igual” al Dios Padre e identificarse como el Hijo suyo (5:18). El mero hecho de que Jesús procedió del Padre, hizo que Jesús tenía autoridad sobre todo (3:31).

Los discursos y obras de Jesús no fueron inventos suyos, sino que el Padre le hizo entender qué decir y cuál doctrina enseñar. (3:32-34; 7:16-17; 12:49-50; 15:15b). Aún más, Jesús no pudo hacer nada por sí mismo, sino sólo lo que veía hacer al Padre que lo amaba (5:19-20, 30). Todas las “cosas” que tenía, procedían de él. (17:7). Entonces Jesús, buscaba cumplir la voluntad de su Padre y no la suya y Dios glorificaba así a su Hijo (8:28-29, 49; 9:4).

Además, Dios Padre trabaja, lo cual inspiraba al trabajo terrenal de Jesús (5:17). Aunque no juzgaba el Padre mismo, había dado esta tarea a su Hijo Jesús (5:22; 27; 9:39).  

El trabajo de Dios Padre también consiste en guiar a las personas a creer en Jesús. Su voluntad es que nadie se pierda de aquellos que han abrazado la fe en Jesús, sino que aquellas sean resucitadas en el día final (6:39-40; 44-46; 65; 10:29).

D) Es el destinatario de las oraciones de Jesús

Dios Padre también era el destinatario de las oraciones de Jesús. Dios Padre siempre lo oía (11:42) y le daría todo lo que Jesús le pediría (11:22). Una oración muy importante en el evangelio de Juan es la oración a Dios Padre por la resurrección de Lázaro (11).

También se nota que Jesús no le pedía al Padre cosas contrarias a la voluntad del mismo. Podría haber orado por “salvación” del momento de sufrimiento en la cruz, sin embargo, oró para que el Padre se glorifique, por lo que el Padre respondió y le aseguró que lo glorificaría otra vez (12:28)

Al final de su ministerio, Jesús oró pidiéndole a Dios Padre el Consolador (14:16).

La oración sacerdotal en el capítulo 17 ilustra cuán hermosa intimidad había entre el Padre y el Hijo. Dirigiéndose a su Padre celestial, Jesús le dirigió unas peticiones muy importantes: pide ser glorificado (17:1,5), rogó por los suyos (17:9), pidió por protección de los suyos del mal (17:11,15), por santificación de ellos en verdad (17:17). Además, oró por aquellos que habrían de llegar a creer en él debido al testimonio de los discípulos suyos, pidiendo que aquellos siempre podrían ser “uno”, es decir, destacarse por la unidad entre hermanos, y esto con el fin de que el mundo conozca que él, Jesús, había sido enviado por Dios Padre (17:20,21). Expresó además el deseo de que los suyos estén ahí donde él está para que vean su propia gloria (17:24)

Pero no solamente Jesús pudo orar al Padre, sino que todos los creyentes deben y pueden orar en el nombre de Jesús al Padre y serán escuchados por él (14:13-14; 15:16; 16:26).

Conclusión y posibles aplicaciones

El evangelio de Juan nos pinta un hermoso cuadro de lo que es y de lo que hace Dios Padre. Es un Dios de relación, sumamente interesado en la salvación de los hombres. Es un Dios lleno de amor, lleno de empatía y compasión. Un Dios al cual confiadamente podemos dirigirnos en oración. Permíteme proponer algunas aplicaciones prácticas de este estudio.

En primer lugar, creo que los resultados de este estudio pueden dar un aporte significativo a la apologética. El evangelio de Juan declara en múltiples pasajes que Jesús era el mesías enviado por Dios Padre. No era meramente un buen maestro, un filántropo, un sabio, sino un enviado del Dios de la Creación. Esto le proporciona más que suficiente autoridad para advertir a los hombres de la ira de Dios, para confrontarlos a elegir entre perecer en sus propios pecados o creer en él. Es el representante divino, que llegó a la tierra, para mostrarle a un mundo en tinieblas el camino a la luz eterna.

En segundo lugar, el evangelio de Juan nos puede proveer ricos conocimientos acerca de la Trinidad – la cual, como sabemos no aparece literalmente así en la Biblia. El Padre envía y direcciona, Jesús es obediente y representa a Dios en la Tierra, el Espíritu Santo consuela, convence del pecado y recuerda los discípulos de las cosas enseñadas por Jesús. Y aquí va una reflexión mía: si Jesús era uno con el Padre mientras estaba aquí en la Tierra, y hacía sólo lo que él Padre le mandaba hacer, entonces podemos deducir, que Dios Padre tiene un carácter similar a Jesús, tiene intenciones similares a Jesús, tiene un amor similar hacia las personas como Jesús, siente empatía como Jesús, cuida como Jesús a las ovejas… pero también se indigna por lo se indignó Jesús, se enoja, castiga, es celoso de su casa, así como Jesús… Esto nos puede proteger como cristianos de un dualismo entre Dios Padre y Jesús. No necesitamos ver meramente a Dios Padre como el “Dios” más severo del Antiguo Testamento y Jesús como el más comprensible y empático. Jesús era la representación de Dios en la Tierra y las cosas que le indignan a Dios, también le indignan a Jesús. Cuando Jesús siente compasión, Dios Padre la siente también, si Jesús exhorta y advierte, esto proviene de Dios Padre mismo. En tal caso no se hablaría de una “parte más severa, estricta” y otra parte más “amorosa” de la Trinidad.

En tercer lugar, este estudio nos invita a reflexionar acerca del inmenso regalo de la salvación. La sangre de Jesús era necesaria para mí redención y para la suya. Si nosotros somos los hijos de Dios hoy, es por qué él nos ha guiado a los brazos del Señor Jesús, no por nuestra elección o decisión. Al mismo tiempo, el evangelio de Juan nos insta a creer – en respuesta al sacrificio de Dios Padre y de Jesús. Esta respuesta no es una obra de mérito para “subir un escalón” acercándonos a la salvación, más bien es un paso de obediencia requerido por el enviado de Dios. La salvación no es algo exclusivamente pasivo, sino demanda la fe. Y ¿quiénes somos nosotros para rehusar a creer, si Dios mismo nos manda hacerlo?

La necesidad de permanecer en el amor de Jesús, cumpliendo con sus mandamientos es un detalle muy importante. Somos llamados en respuesta a la salvación, la inserción en la vid, a llevar frutos. Esto sucede en total dependencia de la vid, de Jesús, desconectados de él, no podremos cumplir con sus mandamientos.

Y estando en el camino podemos descansar en la promesa de Jesús: “…yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, mayor que todos es, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (10:28-29)

Cuarto: siendo hijos de Dios podemos aspirar a tener una relación tan íntima con Dios Padre como la tuvo Jesús. Podemos consultarle a Dios Padre antes de tomar decisiones, podemos orar por sabiduría y alinear nuestros pasos a la Palabra del Señor. Nunca llegaremos a ser uno de la misma manera como lo fue Jesús con el Padre, pero el Espíritu Santo nos guiará hacia la verdad, hacia la sabiduría divina.

Quinto: el evangelio de Juan nos invita a orar confiadamente a Dios Padre. Él nos escucha y quiere darnos por lo que pedimos. Sin embargo, no para satisfacer nuestros caprichos o deseos egoístas, sino para que él sea glorificado. ¡Oremos por cosas que glorifiquen a Dios!

Sexto: el estudio del evangelio de Juan nos hace entender que Jesús ha vencido el mundo. Es omnipotente y todas las cosas están en sus manos. Esto nos puede dar consuelo en una sociedad que odia a Jesús, que nos inflige miedo y desesperación, en el cual tenemos aflicción. Llegará el día en el cual se cumplirá la petición de Jesús hacia Dios Padre diciendo: “Quiero que donde yo esté, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado…” (17:24).

Que el Señor les bendiga ricamente.

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